Lecturas para tiempos revueltos

Nota: Este artículo fue escrito para la Revista Arcadia en enero 2015, tras la tragedia de Charlie Hebdo. Qué triste tener que rescatarlo hoy y ver que vuelve a ser vigente, casi palabra por palabra:

“En la actualidad, atravesamos un periodo algo confuso, en el que mucha gente ha prescindido de los antiguos criterios pero no ha llegado a adoptar otros nuevos. Esto les ocasiona bastantes problemas pues como en su subconsciente, en general, siguen creyendo los viejos criterios, los problemas cuando surgen provocan desesperación, remordimiento y cinismo”.

Aunque lo anterior podría aplicarse al momento en que vivimos, en realidad fue escrito hace mucho tiempo, en 1930, y puede encontrarse en las página de La conquista de la felicidad, del escritor y Premio Nobel Británico Bertrand Russell. Pese al paso del tiempo, sus reflexiones son, en esencia, tan vigentes como entonces y pareciera que más necesarias que nunca.

El año comenzó revuelto, sangriento y trágico. Puede que tanto como otras veces, quizá ni más ni menos que los anteriores pero tenemos la tendencia lógica a vivirlo así cuando la brutalidad, la sinrazón y la violencia golpean en el epicentro de occidente. Cuando el terrorismo demente, fanático y rabioso explota en el salón de nuestra casa en lugar de en el patio de atrás del mundo. Tan cerca que la sangre puede salpicarnos y dejar manchada la alfombra. Tan próximo que la víctima pudiera haber sido cualquiera de nosotros.

Entre el horror y el estupor hemos visto atónitos el enfrentamiento entre los lápices y las metralletas. La creatividad (don siempre inestable a veces capaz de hacer obras de arte y otras de producir piezas irrespetuosas y de dudoso gusto) confrontada a la barbarie y fusilada contra la blanca pared de un día cualquiera.

Se comprueba una vez más que la ceguera del radicalismo es tal que impide ver las más sencillas de las soluciones: ignorar lo que me desagrada, no comprar ni leer lo que no me gusta, responder a través de los mecanismos pacíficos que la sociedad me ofrece, desde el activismo reposado que de seguimiento y alimente el eterno debate de los límites de la libertad de expresión o con la tolerancia pragmática del vive y deja vivir. Sin embargo, en su lugar la respuesta es odio, muerte, sangre y destrucción. A menudo, semilla y terreno donde germinan fácilmente nuevos fanatismos.

“El fanatismo es más viejo que el islam, que el cristianismo, que el judaísmo. Más viejo que cualquier Estado, gobierno o sistema político. Más viejo que cualquier ideología o credo del mundo. Desgraciadamente, es un componente siempre presente en la naturaleza humana, un gen del mal, por llamarlo de alguna manera (…) siempre brota al adoptar una actitud de superioridad moral que impide llegar a algún acuerdo (…) y cuya esencia reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar”

Las palabras las pronuncia el filósofo israelí, nacido en Jerusalén, Amos Oz y pertenecen a su libro Contra el fanatismoconformado por tres artículos de reflexión cuerda y sosegada sobre el terrorismo que todo el mundo debería leer antes de ir (pero sobre todo al volver) de cualquier manifestación. Porque las masas a veces inspiran pero a veces destruyen. A veces emocionan y a veces aterran.

La perturbación que produce la proximidad inmediata de la violencia puede llegar a aturdir los sentidos cuando es un hecho recurrente, cuando se experimenta sin cesar una y otra vez. Normalizándola hasta el punto de generar insensibilidad e indolencia. Sin embargo, es también capaz de despertar sentimientos de solidaridad y compasión sin precedentes y reavivar los valores más profundos de la vida individual y del contrato social, especialmente, cuando es esporádica y marginal. Es decir, cuando interrumpe con fuerza en un entorno donde la violencia no es la regla sino la excepción.

Es entonces cuando las reacciones de sorpresa, tristeza, dolor, indignación y rabia se canalizan, general y masivamente, reafirmando los valores de la vida en comunidad, reclamando la tolerancia y el respeto y demostrando que son muchos más aquellos que condenan la violencia y defienden los lápices (incluso aunque no les guste lo que éstos dibujan) que los que asesinan a los dibujantes. Millones de personas lo han demostrado activamente en las calles francesas y en las de otros lugares del mundo, y muchos más desde sus hogares, sus sillones de perplejidad frente a la televisión y en las conversaciones familiares.

Pero como siempre, son muchos los retos que vienen a continuación. Son muchos los desafíos que deben afrontarse en cuanto se disipe un poco el dolor, la tristeza y la impotencia. Porque estas cosas hacen cambiar el mundo. Son puntos de inflexión en el pensamiento, en las políticas, en las creencias individuales y en los imaginarios colectivos.

El reto no es sólo impedir que estos hechos vuelvan a repetirse. Es también entender que la violencia merece el mismo rechazo masivo allá donde ocurra y que (entendiendo la lógica de mayor compasión por el que sufre más cerca y con quien uno se identifica y, por lo tanto le refleja) las víctimas del fanatismo no son diferentes en función del suelo en el que caigan muertas.

El reto es también mantener y reafirmar la tolerancia y el respeto a la diversidad de pensamiento, palabra y obra en el micro mundo de nuestras acciones cotidianas.

El reto está también en recordar a muchos dirigentes de instituciones públicas y privadas que durante estos días han hecho grandilocuentes y expresivas manifestaciones en defensa de la libertad de expresión que además de los ataques mortales que la fulminan, existen otras muchas maneras de cercenarla día a día, sutilmente y sin violencia física, a base de acciones y decisiones que la restringen o creando miedo y fomentando la autocensura en quienes pretenden ejercerla o reclamarla. Como dice Amos Oz en su libro: “por supuesto (el fanatismo) se manifiesta en diversos grados (…) y aunque pueda diferenciarse en su magnitud, no es diferente en la naturaleza de sus actos”

La tragedia francesa se ha comparado al 11 de septiembre estadounidense que también cambió la historia. El verdadero reto y donde los franceses pueden volver a dar una lección al mundo es que después de la tragedia, esta vez, el mundo cambie para bien.

Los refranes o las barreras al pensamiento

En 1911 veía la luz el Diccionario de lugares comunes, una obra elaborada durante más de treinta años por Gustave Flaubert y publicada, a título póstumo, décadas después de la muerte de su autor. En ella, el escritor francés repasaba los tópicos y tabúes del siglo XIX definiendo las palabras de acuerdo a los prejuicios y valores imperantes en su sociedad. Todo un testimonio del pensamiento estereotipado de la época, ordenado por orden alfabético y emulando las entradas de un diccionario.

Con humor, ironía y precisión, Flaubert recorre los juicios y clichés que imperan en las conversaciones diarias y se burla de la mediocridad y la tendencia generalizada a terminar discusiones cruciales, en lugares comunes a base de conclusiones livianas.

El libro supone toda una reflexión sobre la banalidad del lenguaje y por tanto, la banalidad del pensamiento. Una aguda crítica al proceso social a través del cual las palabras van llenándose, a base de repeticiones sin ningún filtro, de potentes significados que en lugar de servir como vehículo para el entendimiento se convierten en obstáculo para la reflexión y el análisis.

Sorprende (y asusta) darse cuenta que el libro sigue teniendo actualidad, que muchas de las definiciones no han perdido su vigencia y que un ejercicio crítico similar podría extenderse a lo que hoy se considera la sabiduría popular. A tantos refranes que salpican hoy nuestras conversaciones y que se utilizan como pensamientos automáticos para sostener una opinión o como argumento fatuo para intentar llevar la razón. De hecho, cualquier razón: pues si alguien reclama ufano que a quien madruga dios le ayuda, rápidamente podría replicarse que no por mucho madrugar amanece más temprano.

El refrán constituye un recurso lingüístico inmediato que si bien en alguna ocasión puede sintetizar un aprendizaje o una reflexión valiosa, mucho más a menudo contribuye a afianzar estereotipos absurdos que deberíamos analizar con más cuidado antes de propagarlos y repetirlos alegremente ante oídos ajenos o incluso ante nosotros mismos. Desde aquellos que pueden justificar la violencia (quien bien te quiere te hará llorar) pasando por los que invitan a la ignorancia o al inmovilismo (la curiosidad mató al gato; más vale malo conocido que bueno por conocer) o los que transforman la desconfianza en bondad garantizando la ingratitud (cría cuervos y te sacarán los ojos) hasta los que, ante la partida, sirven para engordar el ego vaticinando el empeoramiento de la cosas pues siempre alguien vendrá que a mí bueno me hará.

Pero además, el refrán puede convertirse en un poderoso limitante de la reflexión y el pensamiento. Una firme barrera para el análisis que nos impide profundizar en la realidad y sirve sólo para dar por zanjada una discusión inacabada. Como ejemplo, la definición que Flaubert hace de excepción: Dícese de la que confirma la regla pero sin arriesgarse a explicar cómo. 

Al servicio del imaginario colectivo más superficial, hoy día los refranes siguen usándose con mucha frecuencia para cerrar en falso cuestiones controvertidas para las que no tenemos respuesta verdadera. Porque no ayuda mucho concluir alegremente que donde manda patrón, no manda marinero si lo que está en juego es clarificar quién es el patrón y quién el marinero; o si se trata de definir el límite exacto de la autoridad.

O porque, en realidad, da igual que veamos la botella medio llena o medio vacía si la verdadera cuestión, y lo importante, es saber si el agua alcanza para todos.

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Las paredes hablan

Las paredes de las ciudades están llenas de declaraciones al aire, de cartas abiertas, de mensajes anónimos. Entre los anuncios de arriendos y ventas, la publicidad de los establecimientos, las prohibiciones, las instrucciones y las ofertas de todo tipo, conviven miles de expresiones y gritos lanzados al viento.

Hay manifestaciones de rabia y de odio. Declaraciones de amor. Reivindicaciones. Agresiones e insultos, pensamientos e incluso poesía. Desde exhibiciones abstractas, jeroglíficas o surrealistas hasta efemérides y recordatorios pasando por reflexiones profundas sobre lo divino, lo humano y lo urbano (términos que no siempre conjugan bien) y siempre junto a un inmenso catálogo de estados de ánimo que quedan fijados en pintura o en spray. A veces, sólo una fecha y una firma dejada por alguien a quien la huella invisible de sus pasos no debió parecerle rastro suficiente.

Algunos, con faltas de ortografía. Otros, escritos en lugares aparentemente inaccesibles. Los hay que invaden y empañan espacios que debieron ser respetados por su valor artístico pero también los que añaden color y vida a rincones oscuros y descuidados de una calle cualquiera.

Fotografías instantáneas de las emociones de un habitante anónimo de la ciudad.

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La costumbre no es nueva ni exclusivamente ligada a la llamada cultura urbana. Las paredes han sido el soporte de ideas, emociones y expresiones a lo largo de toda la historia: los dibujos primitivos de las cuevas que hoy nos muestran vestigios de culturas desaparecidas que intentamos comprender; las inscripciones críticas o burlescas de las paredes que delimitaban las calles empedradas de las villas romanas; las de las que conformaban las aldeas y castillos medievales y, por supuesto, las de las casas y edificios de los pueblos y ciudades de nuestros tiempos.

Un paseo fijándose en las inscripciones, dibujos y leyendas que nos rodean y que, a menudo, pasan desapercibidas puede darnos una nueva perspectiva de la ciudad y muchas pistas sobre los que en ella habitan: los mensajes cambian de barrio a barrio; se prodigan en unos y son excepcionales en otros. Se intensifican y multiplican en las proximidades de algunos sitios (especialmente colegios y universidades) y también permiten reconstruir el camino por donde ha pasado una manifestación o el que lleva hasta donde reside una protesta.

Los hay improvisados y Pintando tu mundo gris 2emocionales, profundos y triviales. Fruto del momento, de un impulso fugaz y hechos con prisa. O son el resultado de un trabajo minucioso, diseñado y delineado con esmero y con indudable valor artístico.

Algunos hacen reír, otros provocan indignación. Abundan los mensajes directos con fecha, destinatario y remitente (muchos de ellos de amor) y también pensamientos abiertos a todo el mundo que invitan a reflexionar o a recodar cosas simples que a menudo se olvidan entre las prisas y el ruido del tráfico.

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Es como si la ciudad hablase por sí misma. Como si las paredes de las casas, las iglesias, las universidades, las fábricas o los centros comerciales murmuraran entre ellas. Como si tuvieran voz propia y mucho que decir.

Y aunque es probable que algún mensaje sea la excepción, la mayoría no debe superar los 140 caracteres.

Quizá por eso, Twitter tiene millones de aficionados por todo el mundo. Porque es como escribir en paredes invisibles y lanzar al espacio mensajes con pensamientos y reflexiones. Llamando la atención, exhibiéndose, queriendo dejar huella, protestando, anunciándose, declarando amor o pidiendo socorro. Porque, al igual que el que lo hace con pintura, tiza o spray, es escribir un sentimiento o una idea en un muro blanco e infinito y poder decirle al mundo lo que uno quiera. Lo que uno sienta.

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Polvo en los rincones

Hay gente que aparece, de repente, en la memoria.

Gente que no forma parte de nuestros recuerdos habituales, que no está en nuestra agenda de teléfono ni en las fotos que seleccionamos y mostramos. Personas con las que un día convivimos y nos relacionamos pero que no han llegado a tener ni un centímetro cuadrado en los departamentos de nuestra memoria. Ni en propiedad ni en alquiler.

Nombres que conocimos y usamos pero que no quedaron en nuestras listas de contacto, que no forman parte de nuestros recuerdos más evidentes y que ni siquiera tienen una mención secundaria en la narración de nuestras vidas.

Y sin embargo, un día aparecen. Así, sin más. Sin avisar y sin razón aparente pero perfectamente enfocados en ese lugar de la mente donde se proyectan las evocaciones.

Llegan en un sueño o viajando en las palabras de otro; asociados a un objeto, a una música o en el paso fugaz de una imagen que nos muestra con nitidez un instante y un rostro que creíamos olvidado. Todo un paquete de recuerdos y sensaciones cubiertas por el polvo de los años que vienen bajo el brazo de aquel que (por algún motivo) se sentó en la última fila de nuestro cerebro. Alguien a quien la luz de nuestra memoria apenas alumbra y a quien nunca prestamos atención. Porque los focos de la vida diaria nos deslumbran, el quehacer cotidiano nos entretiene y porque, cuando nos permitimos mirar atrás, nos quedamos siempre conversando con quienes (por derecho, falta u obsesión) se ubicaron en los primeros asientos de nuestro pasado.

Si la memoria es selectiva, nuestros recuerdos son siempre incompletos. Y en quienes no pensamos ni hemos pensado durante años siguen existiendo y viviendo su día a día. Quizá igualmente sin pensar en nosotros. Quizá recordándonos con una intensidad que no sospechamos.

Y en la intimidad del pensamiento, un encuentro accidental al doblar una esquina de las calles del recuerdo: alguien aparece un día frente a nosotros mientras caminamos. De repente. Sin esperarlo. Sin nada que lo anuncie. Y desplegando en un instante una alfombra de dudas y opciones:

Pudiendo pasar de largo sin saludar.

Pudiendo saludar, sin detenerse, con una mueca que intenta ocultar la cara de sorpresa.

Pudiendo detenernos, entablar una conversación e invitar a tomar un café al propio recuerdo.

Y todo un mundo que erróneamente creíamos olvidado, aparece de repente ante nosotros. ¿Dónde estuvo todo este tiempo?

El ser humano, o la fragilidad de la memoria.

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